
– ¿Por qué no?
– Porque su hermano es mayor de edad, independiente, y goza de salud física y mental. Podría haber decidido irse voluntariamente unos días, ¿sabe? Y hasta que estemos seguros de que…
– Comprendo. ¿Usted qué me aconseja?
Y mientras formulaba la pregunta, finalmente lo miró. Montalbano experimentó los efectos de una especie de llamarada interior. Eran unos ojos justo del mismo color que el de un lago intensamente violeta en cuyas aguas a todos los hombres les habría encantado zambullirse y ahogarse. Menos mal que la señorita Michela mantenía casi siempre bajos aquellos ojos. El comisario efectuó mentalmente dos brazadas y regresó a la orilla.
– Bueno, pues yo le aconsejaría que regresara a echar otro vistazo a casa de su hermano.
– Lo hice ayer. No entré, pero me pasé un buen rato llamando al timbre.
– Sí, pero quizá no estuviera en condiciones de poder contestar.
– ¿Y eso por qué?
– Bueno… podría haber resbalado en la bañera y no poder caminar, haber sufrido un acceso de fiebre muy alta…
– Comisario, no me limité a tocar el timbre. Incluso lo llamé a voces. Si hubiera resbalado en el cuarto de baño, me habría contestado. El apartamento de Angelo tampoco es tan grande.
– Permítame que insista.
– Yo sola no voy. ¿Por qué no me acompaña usted?
Volvió a mirarlo. Y esta vez Montalbano sintió que se estaba hundiendo, el agua ya le llegaba hasta el cuello. Lo pensó un poco y tomó una decisión.
– Mire, vamos a hacer una cosa. Si sigue sin noticias de su hermano, pásese otra vez por aquí esta tarde sobre las siete. Yo la acompañaré.
– Gracias.
Se levantó y le tendió la mano. Montalbano la tomó, pero no tuvo el valor de estrecharla; parecía un pedazo de carne sin vida.
* * *
Al cabo de menos de diez minutos se presentó Fazio.
– Un chaval de diecisiete años. Subió a la azotea de la comunidad y se metió una sobredosis. No hemos podido hacer nada, pobrecillo; al llegar ya había muerto. Es el segundo en tres días.
