
– Me alegro -él dejó caer la mano-. Porque desde luego no soy yo quien debería dártelas.
– ¿Qué se supone que quiere decir eso?
Travis cerró los ojos.
– Savannah, ¿es que no te das cuenta de lo que puedes despertar en un hombre? -abriéndolos de nuevo, le lanzó por un instante una mirada de adoración-. No subestimes el efecto que ejerces sobre los hombres. Ni sobrestimes tampoco su capacidad de autocontrol.
A ella se le había secado la garganta, pero tenía que hacerle la pregunta.
– ¿Te refieres a «todos» los hombres?
– Todos.
– ¿Tú incluido? -susurró.
– Todos -repitió él abriéndole la puerta de la cocina-. Y ahora sube a acostarte antes de que me olvide de que soy una especie de hermano para ti… y que debería estar mirando por tus intereses y no por los míos propios.
– Yo no necesito un tutor, Travis -le dijo, poniéndole una mano en el brazo.
En esa ocasión, la mirada que él le lanzó no pudo ser más fría.
– Quizá yo sí -agarrándola de la muñeca, la obligó a retirar la mano-. ¿No conoces el dicho? «Quien juega con fuego, se quema» -apretó la mandíbula-. Piensa en ello.
Y se marchó, desapareció en la oscuridad.
Durante cinco días Savannah no volvió a verlo. A lo largo de ese tiempo descubrió que le resultaba todavía más difícil trabajar en el rancho cuando él estaba ausente. No dejaba de preguntarse si habría escuchado toda su conversación con David. ¿Se habría dado cuenta de que él era el hombre que le interesaba?
Aunque, en realidad, sus sentimientos eran mucho más profundos: lo amaba. Fue un descubrimiento tan indeseable como doloroso, porque hacía aún más intolerable su situación.
«Sólo dos semanas más», se decía Savannah mientras yacía en la cama, mirando al techo, preguntándose dónde estaría Travis a la una de la madrugada. «Sólo dos semanas más y se habrá ido». Ante la perspectiva de su marcha y de su matrimonio con Melinda Reeves, el corazón se le desgarraba de dolor. Desvió la mirada hacia el reloj, tal y como venía haciendo cada dos minutos durante la última media hora.
