
– Hablaba en serio. No deberías dar alas a ese chico. Y ese consejo vale para cualquier otro hombre.
– Ya te lo he dicho: no le estaba dando alas.
– Él te quiere, y cuando un chico, un joven, quiere a una mujer, a veces pierde los papeles. Deja de usar el cerebro y empieza a pensar con… Vaya, creo que me estoy haciendo un lío…
– Parece como si hablaras por experiencia.
– Quizá.
Savannah pensó en Melinda y le entraron ganas de llorar.
– Simplemente quería decirte que tuvieras cuidado -repitió él, acariciándole la barbilla con un dedo-. No te metas en ninguna situación que luego no puedas controlar. Porque yo no estaré siempre aquí para protegerte.
El contacto de los dedos de Travis en la piel le aceleró aún más el pulso. El calor de su caricia hacía que el corazón le ardiera.
– Ya sé que no era asunto mío -continuó él-, pero… si David no hubiera entrado en razón cuando le pegaste esa bofetada, lo habría sacado del coche para darle una paliza -añadió.
– David no quería hacerme daño.
– Eso yo no lo sabía.
La idea de que Travis estuviera dispuesto a batirse con alguien para protegerla resultaba ciertamente agradable. No pudo reprimir una sonrisa.
– Esto es serio, Savannah.
El dedo se desplazó lentamente de la barbilla al cuello, haciéndola derretirse por dentro. Se quedó sin aliento.
– Yo… ya lo sé.
– No vayas a cometer el mismo error que Charmaine.
Se ruborizó. Su hermana Charmaine se había quedado embarazada el año anterior y ahora estaba casada con Wade Benson, el padre de Josh.
– No necesito que me den lecciones de educación sexual -le espetó.
