
– Esto es una locura -masculló.
Desde que tenía memoria, Travis había formado parte del rancho Beaumont. Cuado sus padres fallecieron en un accidente de avión, los de ella lo acogieron como si fuera un hijo. Siempre había sido como el hermano mayor que nunca tuvo. Jamás se le había pasado por la cabeza que algún día terminaría enamorándose de él.
Travis, por el contrario, seguía pensando en ella como en una hermana pequeña y, probablemente, era mejor así. Si pudiera soportar las dos semanas que quedaban sin dejar traslucir sus sentimientos, todo se arreglaría al final. Travis se casaría con Melinda y ella se marcharía a la universidad.
Sólo que la idea le resultaba sencillamente insoportable. Cerró un puño y golpeó la almohada.
Su inquietud se impuso finalmente. Se levantó, agarró la bata, se calzó las zapatillas y salió al pasillo. Los únicos sonidos de la casa eran el tictac del reloj de pared y el zumbido de la nevera. Una de las tablas del suelo crujió bajo sus pies y se quedó paralizada. No había despertado a nadie. Respirando profundamente, terminó de bajar las escaleras con sigilo, abrió la puerta principal y salió de la casa.
El cielo estaba iluminado por la luna, en cuarto creciente, y por las escasas estrellas que asomaban entre las negras nubes. Un aroma a madreselva y lilas llenaba el aire y el croar de las ranas era interrumpido por el ocasional relincho de una yegua llamando a su potrillo.
Casi por instinto, Savannah enfiló por el sendero que llevaba hasta el estanque. Saltó la cerca en vez de abrirla y arriesgarse a despertar a alguien. Cuando el bosque de robles y pinos dio paso a un claro y al pequeño lago de forma irregular, sonrió, se despojó de la bata y se metió en el agua. Disfrutando de su frescor, buceó hasta el fondo antes de volver a emerger.
