
Llevaba nadando cerca de quince minutos cuando se dio cuenta de que no estaba sola. El corazón casi dejó de latirle y se preparó para soportar una de las reprimendas de su padre.
– ¿Papá? -dijo con voz temblorosa, dirigiéndose a la oscura figura apoyada en el tronco de un roble-. Papá, ¿eres tú?
Por primera vez en muchos años, Travis había bebido más de la cuenta. Había salido a dar un paseo con la esperanza de despejarse. La discusión que había tenido aquella tarde con Melinda seguía resonando en sus oídos. Melinda lo había acusado de tener un comportamiento distante, de no interesarse en ella, y quizá tenía razón. Porque durante aquellas malditas semanas, solamente había podido pensar en Savannah Beaumont. «¡En la hija de Reginald, por el amor de Dios!», exclamó para sus adentros. Unos pensamientos que no tenían nada de fraternales…
Desde que la había visto el primer día con sus senos firmes y erguidos tensándose contra la tela de la camiseta, sus esbeltas y bien torneadas piernas apretadas con fuerza a los flancos de la yegua…, la había deseado. Un deseo abrasador lo atormentaba con fantasías eróticas que le quitaban el sueño.
Incluso había tenido que dejar el rancho por unos días para aclarar las ideas. Lo último que necesitaba en aquel momento era enredarse con una chica de diecisiete años, la hija del hombre que lo había criado. No culpaba a Melinda por su reacción. Desde que había vuelto a ver a Savannah, no era capaz de concentrarse para nada en ella…, hasta el punto de que se le habían quitado las ganas de hacerle el amor.
Se dejó la camisa abierta con la esperanza de que el aire fresco lo despejara. Estaba apoyado en un tronco de roble cuando escuchó el chapuzón. La cabeza le daba vueltas, pero incluso en la oscuridad reconoció a Savannah, nadando desnuda en las negras aguas. Tuvo que apoyarse en el árbol para no caerse. «Ay, Dios mío», rezó. «Dame fuerzas para soportarlo».
