Entonces la oyó:

– ¿Papá?

Silencio. El corazón le atronaba en el pecho.

– Papá, ¿eres tú?

– ¿Qué diablos estás haciendo aquí? -le preguntó Travis, apenas confiando en su voz.

«¡No puede ser Travis!», pensó Savannah horrorizada. El pulso se le aceleró insoportablemente. Era imposible.

– Ocúpate de tus propios asuntos -consiguió espetarle.

Un rayo de luz plateada rieló en el agua y se derramó por un instante sobre sus senos aterciopelados y sus oscuros pezones. Se había echado la melena negra hacia atrás y mantenía la cabeza bien alta, desafiante.

– No deberías estar aquí -le dijo él, con un nudo en la garganta-. Alguien podría verte.

– «Alguien» me ha visto ya.

– Sabes lo que quiero decir -Travis se esforzó por despejar su mente mientras luchaba contra el deseo que lo devoraba. «Márchate ahora mismo», se ordenó. «Márchate antes de que cometas alguna locura».

– ¿Dónde está Melinda? -preguntó Savannah, que se acercaba nadando.

Travis escuchó el temblor de su voz y vio el sordo sufrimiento de su mirada. «Vete, Savannah, no me mires así».

– No lo sé -cerró los ojos para no mirarla-. Y no creo que volvamos a vernos.

– Pero si estáis prometidos…

– Ya no -él hundió una mano en un bolsillo de los tejanos y sacó el anillo de diamantes. Al levantarlo a la luz de la luna, un destello pareció burlarse de él. Maldiciendo, no se lo pensó dos veces y lo lanzó al agua.

– No has debido hacer eso -le reprochó Savannah, mientras se acercaba a la orilla. Pero no consiguió disimular la alegría de su voz.

– Debí haberlo hecho hace mucho tiempo.

– Has bebido…

– No lo suficiente.

– Ay, Travis… -sacudió la cabeza-. Si no llevas cuidado, te autodestruirás.

Sus palabras de consuelo hicieron saltar un profundo resorte en Travis. De repente éste supo que estaba a punto de perder la batalla. Vio su bata y se acercó para recogerla. Con ella en la mano, se dirigió hacia la orilla, tambaleándose un poco.



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