
– Será mejor que te vayas. Es noche cerrada.
Pero Savannah se echó a reír y se sumergió bajo el agua. Saber que Travis ya no estaba comprometido con Melinda le hacía sentirse ligera, como aliviada de un enorme peso.
– Savannah…
– No te preocupes por mí -le dijo cuando emergió, apartándose el pelo de la cara.
– ¿Sabe alguien que estás aquí?
– Sólo tú.
– Estupendo -mascullo, irónico. Deslizó la mirada por su cuello hasta detenerla en el pulso que latía en su base. Con la visión de su cuerpo húmedo y desnudo, estaba experimentando justamente la reacción que Melinda no había sido capaz de despertar.
– Bueno, de acuerdo -cedió ella.
Nadó hasta que hizo pie y empezó a salir del agua. Travis, pese a saber que debía alejarse una vez cumplido su deber, se quedó donde estaba.
Savannah sabía que no tenía manera de esconder su cuerpo. Lo mejor que podía hacer era rescatar su bata y cubrirse con la mayor rapidez posible. Pero podía sentir los ojos de Travis recorriendo su piel, embebiéndose de cada detalle.
Él la contemplaba con la respiración contenida. Su piel blanca destacaba en la oscuridad. Gotas de agua resbalaban seductoramente por sus senos. No le pasó desapercibido su leve balanceo mientras caminaba hacia él. Tenía la cintura muy fina. El ombligo apenas era un provocativo hoyuelo en su vientre.
– Ponte algo antes de que agarres un resfriado -se obligó a apartarse. Acababa de dar el primer paso cuando vio que Savannah, ocupada en ponerse la bata, tropezaba con una raíz y caía al suelo-. ¡Cuidado!
En seguida acudió a su lado.
– Estoy bien -dijo ella frotándose la espinilla que se había golpeado.
– ¿Seguro?
– Sí, sí -sacudiendo la cabeza, se cubrió con la bata-. Es vergüenza, más que dolor, lo que tengo…
Él le sujetaba los brazos y sus dedos se demoraban en la piel sedosa. Cuando la sintió temblar bajo su contacto, le dio un cariñoso beso en una sien. Savannah suspiró, sin apartarse.
