– No sé lo que me ha pasado… -murmuró ella, como intentando disculpar su anterior comportamiento. Se había atrevido a salir del agua completamente desnuda, delante de Travis. Ni siquiera había tenido el pudor de pedirle que se diera la vuelta. Se sentía como una completa estúpida.

Travis quería consolarla, abrazarla…, hacerle el amor. «Dime que me vaya», suplicó él en silencio, pero Savannah seguía mirándolo con aquellos enormes ojos ingenuos, bañada por la luz de la luna. Él sentía que su resolución se debilitaba por momentos mientras intentaba evitar que la bata resbalara por sus hombros. Aunque ella seguía esforzándose por atarse el cinturón, el pronunciado escote seguía sin cerrarse.

– ¿Qué…? -él se aclaró la garganta al tiempo que evitaba mirar el oscuro valle que se abría entre sus senos-. ¿Qué estabas haciendo aquí?

– No podía dormir.

– ¿Por qué?

Ella sacudió la cabeza y las gotas de agua de su pelo brillaron como diamantes a la luz de la luna.

– No lo sé.

Estaban tan cerca… Savannah podía oler su aliento a brandy, leer el deseo en sus pupilas. La idea de que la deseaba consiguió acelerarle aún más el pulso.

– A mí también me ha costado mucho dormir últimamente.

– ¿Por… problemas con Melinda?

– No. Por problemas… contigo.

– Ah.

Él alzó una mano y recorrió el perfil de sus labios con el dedo.

– En estos días, apenas he pensado en nadie que no fueras tú. Y eso me ha estado volviendo loco -le acariciaba el rostro con la mirada. Deslizó los dedos todo a lo largo de su cuello, hacia el escote de la bata.

– Travis…

– Dime que me vaya, Savannah.

– Yo no… no puedo.

– Dime que no te toque, que te suelte… -le rogó, pero ella negó con la cabeza-. Haz algo, lo que sea. Abofetéame como hiciste con ese chico la otra noche.



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