
– No puedo, Travis -gimió mientras los dedos descendían hasta perderse bajo las solapas de su bata.
La besó. Tiernamente al principio; después con una avidez que la abrasó por dentro. Tenía los labios fríos por el agua, pero correspondió a su vez con un beso tan exigente como el de él. El fuego que había empezado como una obstinada brasa en el alma de Travis se convirtió en pavoroso incendio que acabó con todo pensamiento racional.
– Esto es una locura -gimió-. ¿Es que no te has cansado ya?
– No sé si alguna vez me cansaré de ti.
– No me hagas esto, Savannah. ¡No soy de piedra! ¡Yo sólo quería hacerte entrar en razón! -pero el sordo dolor que le atravesaba la entrepierna le decía que estaba mintiendo.
Cuando Savannah le echó los brazos al cuello, Travis la besó con toda la pasión que dominaba su mente y su cuerpo. Y ella respondió de la misma manera.
En el instante en que Travis se tumbó encima, atrayéndola al mismo tiempo hacia sí, Savannah pudo sentir la dura prueba de su excitación. Sujetándola de la cintura con una mano, él deslizó la otra bajo la solapa de la bata para descubrir la aterciopelada suavidad de un seno.
«Detenme, Savannah», pensó mientras cubría su cuerpo de besos, descendiendo cada vez más, deteniéndose en el pulso que latía en su cuello antes de abrirle la bata y apoderarse de un pezón. Se lo acarició meticulosamente con la lengua y Savannah gimió su nombre. Luego, lentamente, con la paciencia de un devoto amante, se dedicó a lamerle y chuparle el seno hasta que sintió los dedos de ella clavándose en su espalda.
– Ay, Dios mío. Deberían fusilarme por esto -musitó, intentando aferrarse a algún resto de sentido común. Pero incluso mientras lo hacía, se abrió el cinturón y se desabrochó los téjanos.
– Ámame -le suplicó ella, temblando bajo su cuerpo.
– Sí, Savannah, sí…
Se quedó tan desnudo con ella, con su cuerpo esbelto brillante de sudor.
