
Savannah lo recibió eufórica y, cuando la penetró, sintió una leve punzada de dolor antes de perderse en un mar de felicidad. Le acariciaba los duros músculos de la espalda y le besaba la cara y el pecho mientras se oía a sí misma gemir, gritar… Chillar incluso cuando los crecientes embates de Travis la arrastraron a un clímax que durante varios minutos la dejó estremecida, convulsa.
Poco a poco fue descendiendo a tierra y suspiró, maravillada. Envuelta en sus brazos, escuchaba los sonidos de la noche: la irregular respiración de Travis, el tronar de su propio corazón, el salto de un pez en el estanque, el sonido de una rama al romperse…
Sintió que él se tensaba de repente. La besó con ternura antes de volver a cerrarle la bata.
– Vuelve a casa -le susurró al oído. Acalló sus protestas poniéndole un dedo sobre los labios.
– Pero…
– Chist -escrutó la oscuridad-, he oído algo. Creo que no estamos solos. Iré a buscarte… pronto -le prometió.
Sigilosamente, empezó a vestirse. Lejos de discutir con él, Savannah siguió sus instrucciones al pie de la letra. Con una mano en el cinturón de la bata y sosteniendo las zapatillas con la otra, corrió descalza por el sendero.
Entró jadeando en la casa a oscuras y subió por la escalera trasera hasta su habitación. Una vez acostada en la cama, esperó con el corazón acelerado a que llegara Travis, atenta al menor sonido. Estaba segura de que cumpliría su promesa y volvería con ella. Sólo era cuestión de tiempo.
Con las primeras luces del alba, se dio cuenta de que alguien debía habérselo impedido: quizá la misma persona que había oído acercarse al estanque. Intentó no darle demasiada importancia. Ya lo vería por la mañana.
Enfrentarse con su padre, o con quienquiera que lo hubiera sorprendido, no iba a ser fácil, pero estaba convencida de que Travis podría soportarlo. Cayó en un profundo sueño y se despertó mucho más tarde, pasadas las diez. Se duchó, se vistió y bajó las escaleras. Encontró a su padre sentado a la mesa de la cocina, tomando café y leyendo el periódico.
