– Buenos días -saludó Savannah.

Todo parecía normal. Evidentemente, Reginald había salido a hacer su revisión rutinaria de las cuadras al amanecer, como tenía por costumbre. Estaba recién afeitado, sus botas estaban colocadas al lado de la puerta trasera y ya había terminado de desayunar.

Alzó rápidamente la mirada, frunciendo el ceño.

– Buenos días.

– Buenos días, cariño -dijo su madre, Virginia, entrando en la cocina procedente del comedor. Iba perfectamente peinada y parecía que acabara de maquillarse-. Te has levantado muy tarde, hija. No estabas aquí para despedirte de Travis.

– ¿Despedirme? -repitió, consternada.

– Sí -Virginia se sirvió una taza de café mientras se sentaba frente a Reginald-. Parece que Melinda y él han decidido casarse lo antes posible. Ya era hora, por cierto. Llevan juntos toda la vida. La boda será probablemente la semana que viene, así que se ha marchado a Los Ángeles para alquilar su apartamento.

Savannah se apoyó en el mostrador, a punto de dejar caer al suelo la taza de café.

– Supongo que se habrá cansado de trabajar en el rancho -dijo Reginald-. No lo culpo. Desde que aprobó el examen de prácticas, no hay razón para que siga perdiendo el tiempo aquí cuando ya podría estar ejerciendo de abogado.

– ¡Reginald! -lo recriminó Virginia, pero su marido se limitó a reírse entre dientes.

A Virginia le brillaban los ojos de emoción ante la perspectiva de la boda. A Savannah, en cambio, le ardían por las lágrimas.

– ¿Y por qué nadie me ha despertado para que pudiera decirle adiós?

– No había razón para hacerlo -repuso su padre, encogiéndose de hombros-. Travis volverá. Es un bala perdida. Tiene la costumbre de dejarse caer de repente sin avisar.

– ¡Reginald! -volvió a reñirlo su esposa.



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