– Igual de mayor que tú cuando tenías mi edad -arqueó una ceja con gesto desdeñoso, con la intención de presentar un aspecto más… sofisticado. La camiseta y los téjanos cortos, la melena revuelta y el rostro limpio de maquillaje no la ayudaban demasiado. Probablemente, a él le parecería casi la misma cría de nueve años atrás.

– Diecisiete. Hace tanto tiempo que casi ni me acuerdo.

– Yo sí. Era la edad que tenías cuando llegaste al rancho.

– ¿Te acuerdas de todo eso?

– Es normal. Ya tenía nueve años y tengo buena memoria. Me acuerdo de que pensé que eras un… Creo que hoy lo llamarían un «joven desorientado».

Travis sacudió la cabeza.

– Un gamberro rebelde.

– Y recuerdo también que me impresionó tu absoluta falta de respeto por todo.

– Reginald era una excepción.

– Papá tenía, y sigue teniendo, un carácter de lo más autoritario. Por eso te consideraba yo tan… valiente -se echó a reír, con lo que parte de la tensión se disolvió de pronto-. Y ahora eres un adulto de veinticinco años.

– Supongo que sí -apoyado en el poste, se cruzó de brazos. Ya no sonreía-. Y supongo también que ya va siendo hora de dejar de aprovecharme de tu padre y emanciparme de una vez.

– ¡Tú nunca te has aprovechado de mi padre! -la indignación coloreó las mejillas de Savannah-. Quizá haya quien no lo sepa, pero yo sí.

– Él me acogió en su casa y…

– Y tú trabajaste duro, en este rancho. Gratis. ¡Como estás haciendo ahora mismo! En cuanto a tu educación, tenías un fondo de tus padres. ¡No viniste aquí precisamente como un pobre huérfano!

Travis se echó a reír.

– Vaya carácter…

– No me estoy inventando nada -ella sonrió y volvió a ruborizarse bajo su insistente mirada. La cálida familiaridad que había existido entre ellos unos segundos antes se había evaporado.

– Nunca dejarás de sorprenderme, Savvy -le dijo Travis, usando el diminutivo con que antaño solía llamarla. Su voz era apenas un murmullo mientras sus ojos se enlazaban íntimamente con los de ella.



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