Un semental relinchó a lo lejos y Mattie resopló, quebrando así el silencio. Travis sacudió enérgicamente la cabeza, como ahuyentando un indeseable pensamiento.

– Recuérdame que te contrate cuando tenga problemas para convencer al jurado en cualquier juicio difícil -bromeó. Recogió su camisa y su pala y las llevó al todo terreno aparcado al otro lado de la puerta.

– Dudo que pueda impresionar a nadie.

– No estaría tan seguro.

Se rascó la mandíbula sombreada por la barba, pensativo. Deslizó su mirada por las bronceadas piernas antes de detenerse en la cintura y los senos, para finalmente alcanzar los ojos. Savannah se sintió como si acabara de desnudarla, y se ruborizó todavía más.

– Sinceramente, no lo sé -repitió él.

De alguna manera, ella comprendió que no se estaba refiriendo a aquel hipotético jurado, y el corazón le dio un vuelco en el pecho. Con el fin de evitar una situación aún más embarazosa, espoleó a Mattie. Inclinada sobre su silla, partió al galope para huir de Travis y de los extraños sentimientos que había suscitado en ella.


Las siguientes cinco semanas fueron una tortura. Veía a Travis todas las noches a la hora de la cena. Todas las noches, por supuesto, que él no estaba con Melinda, su prometida. Ignoraba por qué la afectaba tanto su compromiso con Melinda Reeves. Era una chica buena y simpática, una mujer, mejor dicho, y llevaba años saliendo con Travis. Era natural que algún día terminaran casándose. Pero entonces… ¿por qué se sentía literalmente enferma cada vez que se los imaginaba viviendo juntos?

Durante el día, Savannah solía encontrarlo trabajando en el rancho. En los potreros, en las cuadras, en el estanque, en el granero, por todas partes. No parecía existir ningún lugar donde pudiera esconderse sin experimentar la sensación de que la estaba observando. Incluso en más de una ocasión lo había sorprendido mirándola, aunque siempre se las arreglaba para desviar rápidamente la vista.



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