Aunque intentaba ser discreta, estaba fascinada por Travis. Deslumbrada. Desde que lo había visto trabajar en el cercado, su imaginación no dejaba de fantasear con él.

– Déjate de fantasías -se advirtió más de una vez, cuando se sorprendía arreglándose con más esmero del que tenía por costumbre-. Es en Travis en quien estás pensando. ¡En Travis!

Muy a menudo se sorprendía asimismo imaginándose aquellas grandes y morenas manos recorriendo su cuerpo, o el contacto de los sensuales labios de Travis en los suyos… Imaginándose, en suma, lo que se sentiría al ser su amante. La imagen de su cuerpo duro y musculoso la hacía sudar y le aceleraba violentamente el pulso.


– ¿Qué te pasa, Savannah? -le preguntó David Crandall un día, mientras volvían al rancho en su coche.

Esa cita con David había sido un desastre desde el principio. Y en aquel momento se arrepentía terriblemente de haber aceptado salir con él. Aunque había intentado no pensar en Travis, no había podido saborear la comida ni prestar atención a la película que habían ido a ver.

– No, nada -«sólo que, si acepté esta cita, fue porque Travis salía hoy con Melinda». Se sentía incómoda, y parte de aquella incomodidad procedía de un cierto sentimiento de culpa. Había utilizado a David para vengarse de Travis. Y eso no era justo. David era un buen amigo. Y además Travis ni siquiera se había dado cuenta.

– Llevas rumiando algo toda la noche. ¿De qué se trata?

– Nada.

– Si es algo que he dicho o hecho yo, dímelo.

Savannah sonrió, negando con la cabeza.

– No, claro que no.

David suspiró aliviado y aparcó el coche detrás de la casa, cerca del porche trasero. Apagó el motor y las luces. La brisa que entraba por las ventanillas abiertas poco hacía para refrescarlos del sofocante calor. Savannah ya se disponía a bajar cuando él la detuvo.



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