
– ¡Espera! -le puso una mano en el hombro y ella se detuvo. Sus ojos castaños buscaron los de ella-. Hay alguien más, ¿verdad?
– No -mintió. Sus sentimientos hacia Travis sólo eran fantasías de adolescente que reconocía como tales.
– Entonces ¿qué pasa, Savannah? ¿Es que no sabes que yo te quiero?
– David, eres un buen amigo y me caes muy bien…
– Sospecho que ahora va a seguir un «pero» -se quejó él.
– ¿No podemos ser simplemente amigos?
– ¿«Amigos»? -repitió-. Amigos… Savannah, por el amor de Dios, ¿es que no me escuchas? -le puso un dedo bajo la barbilla y la obligó a mirarlo-. Yo «te quiero».
– David…
Pero no pudo evitar que la abrazara y besara con vehemente pasión, casi con violencia. Cuando se apartó, tenía los labios doloridos.
– David, por favor, no -susurró, intentando alejarse.
– Antes te gustaba que te besara.
– Ya te lo he dicho… Quiero que seamos amigos, nada más.
– Ni hablar -y volvió a atraerla hacia sí.
Esa vez, cuando la besó, Savannah sintió el empuje de su lengua en los dientes y sus sudorosas manos abriéndose paso bajo el suéter, hacia los senos. «¡No puedo!», pensó, desesperada. «¡No puedo dejar que me toque!». Reuniendo todas sus fuerzas, liberó un brazo y lo abofeteó en una mejilla. Aquello tuvo el efecto de un cubo de agua fría. Él la soltó inmediatamente, pálido.
– No lo entiendo… ¿Por qué has salido conmigo?
– Porque me gustabas. Porque creía que eras mi amigo.
– Otra vez la palabrita -él se frotó la mejilla-. Nunca imaginé que alguna vez odiaría que me llamaras eso -apoyó las manos en el volante e inclinó la cabeza hacia delante-. Hay alguien más, ¿verdad?
Savannah entendía su desesperación. ¿Acaso no estaba ella en la misma situación respecto a Travis?
– No lo sé, David -la ternura suavizaba su voz-. Es que… estoy interesada en otro hombre -esbozó una mueca-, pero, créeme, él no me presta la menor atención. Yo… Será mejor que me vaya.
