
– Te acompañaré hasta la puerta.
– ¡No! No hace falta.
Esa vez sí que consiguió abrir la puerta.
– Savannah…
– ¿Sí?
– Lo siento.
– Lo sé, David -los ojos se le llenaron de lágrimas. No se quedó a escuchar más confesiones. Bajó del coche y cerró la puerta.
«Parece que soy incapaz de hacer nada bien», pensó mientras subía los escalones del porche. Oyó que David arrancaba y se quedó escuchando el ruido del motor que se perdía en la distancia. De repente se dio cuenta de que estaba llorando.
Se había puesto a buscar las llaves en su bolso cuando oyó un sonido: el tacón de una bota rozando el suelo de baldosa. Tragó un nudo de pánico, se volvió y descubrió a Travis sentado en la mecedora, en las sombras del porche.
– Deberías llevar más cuidado con los tipos con los que sales -comentó él con voz fría.
– Y tú no deberías sentarte ahí, a oscuras. Me has dado un susto de muerte.
– Creía que me habías dicho que ya no salías con David.
– Es que no salgo con él.
Silencio. Savannah podía escuchar el latido de su propio corazón.
– Pues le estás dando alas -le advirtió.
Ella detectó un leve matiz de irritación en su voz. Desgraciadamente no podía verle el rostro.
– Deberías ocuparte de tus propios asuntos.
– Quizá la próxima vez tomes la precaución de subir las ventanillas…
Deprimida y avergonzada, se dio cuenta de que había escuchado toda su conversación con David. Se concentró en buscar la llave en su bolso. No la encontraba.
– Quizá la próxima vez tú tengas la decencia de ocuparte de tus propios asuntos y no escuchar a escondidas.
– No estaba escuchando a escondidas.
– Entonces ¿qué estabas haciendo ahí solo? ¿Dónde está Melinda?
– En casa.
– Ah.
Cuando encontró por fin la llave, ya era demasiado tarde. Travis se había levantado y se dirigía hacia ella. El pulso empezó a latirle a toda velocidad. Él se detuvo sólo a unos centímetros de distancia, lo suficientemente cerca como para que pudiera sentir el calor que irradiaba su cuerpo, ver el dolor y la preocupación que dominaba sus rasgos.
