
– ¿Ha dicho que el Parlamento suspenderá sus sesiones dentro de diez días? -preguntó Pitt.
– Así es -asintió Narraway-. Empezará usted esta misma tarde. -Respiró hondo-. Lo siento, Pitt.
– ¿Cómo? -dijo Charlotte con incredulidad. Estaba al pie de las escaleras mirando a Pitt, que acababa de entrar por la puerta de la calle y tenía las mejillas encendidas por el esfuerzo, y ahora por la cólera.
– Tengo que quedarme por las elecciones generales -afirmó él-. ¡Voisey se va a presentar!
Ella se quedó mirándolo. Por un instante, todos los recuerdos de Whitechapel acudieron a su memoria, y comprendió lo que ocurría. Luego los apartó de su mente.
– ¿Y qué se supone que tienes que hacer? -preguntó-. No puedes impedir que se presente, ni puedes impedir que la gente le vote si quiere hacerlo. Es escandaloso, pero fuimos nosotros quienes lo convertimos en héroe porque era la única manera de pararle los pies. Los republicanos ahora no le dirigen la palabra, y menos aún le van a votar. ¿Por qué no dejas que se ocupen ellos de él? ¡Estarán lo bastante furiosos para pegarle un tiro! No los detengas. Llega demasiado tarde.
Él trató de sonreír.
– Por desgracia no puedo confiar en que lo hagan con la suficiente eficiencia para que nos resulte útil. Solo tenemos diez días.
– ¡Tienes tres semanas de vacaciones! -Charlotte contuvo unas lágrimas repentinas de decepción-. ¡No hay derecho! ¿Qué puedes hacer tú? ¿Decir a todo el mundo que es un mentiroso y que estuvo detrás del complot para derrocar el trono? -Sacudió la cabeza-. ¡Si ni siquiera saben que hubo una conspiración! Te demandaría por difamador o, seguramente, te haría encerrar por loco. Nos aseguramos de que todo el mundo se enterara de que prácticamente él sólito había hecho algo increíble por la reina. Ella cree que es maravilloso. El príncipe de Gales y todos sus amigos le respaldarán. -Resopló con intensidad-. Y nadie podrá con ellos, teniendo a Randolph Churchill y a lord Salisbury entre sus filas.
