
– Más o menos como Voisey y el Círculo Interior -replicó Pitt, tratando de sonreír.
– Exactamente igual que él, que yo sepa. -Charlotte le miró a la cara, y pese a sus esfuerzos por ocultarlo, él logró advertir el destello de luz que había en sus ojos-. Pero nadie puede detenerle.
– Yo lo hice una vez.
– ¡Lo hicimos! -le corrigió ella con brusquedad.
Esta vez él sonrió.
– Ahora no se trata de un asesinato o algo que puedas resolver tú.
– ¡Ni tú! -replicó ella de inmediato-. Quieres decir que solo se trata de política y elecciones, y las mujeres ni siquiera votan, y mucho menos hacen campaña y se presentan para el Parlamento.
– ¿Te gustaría hacerlo? -preguntó él sorprendido. Prefería tratar cualquier tema, incluso ese, antes que confesarle que temía por su seguridad una vez que Voisey se enterara de que volvía a estar involucrado.
– ¡Desde luego que no! -replicó ella-. ¡Pero eso no tiene nada que ver!
– Un magnífico ejemplo de lógica.
Ella volvió a sujetarse un mechón suelto con una horquilla.
– Si estuvieras en casa y pasaras más tiempo con los niños, lo comprenderías perfectamente.
– ¿Qué? -dijo él con total incredulidad.
– El hecho de que yo no quiera no significa que no deba tener derecho a hacerlo. ¡Pregúntaselo a cualquier hombre!
Él sacudió la cabeza.
– ¿Que le pregunte qué?
– Si le gustaría que yo o cualquier otra persona decidiera si él puede o no hacerlo -dijo ella exasperada.
– ¿Hacer qué?
– ¡Cualquier cosa! -exclamó ella con impaciencia, como si fuera algo evidente-.
