Hay un montón de gente que se dedica a dictar normas para que otro montón de gente viva con arreglo a ellas, cuando ellos no las aceptarían para sí mismos. ¡Por el amor de Dios, Thomas! ¿No les has dicho alguna vez a los niños que hagan algo y ellos te han respondido: «Pues tú no lo haces»? Puedes decirles que son impertinentes y enviarlos a la cama, pero sabes que estás siendo injusto, y sabes que ellos también lo saben.

Pitt se ruborizó al recordar un par de situaciones. Se abstuvo de establecer una analogía entre la actitud del público hacia las mujeres y la de los padres hacia los hijos. No quería discutir con Charlotte. Sabía por qué ella hablaba de ese modo. Él sentía la misma rabia y decepción, y no había mejor manera de demostrarlo que enfadándose.

– ¡Tienes razón! -dijo él de manera rotunda.

Charlotte abrió mucho los ojos, sorprendida por un instante, y luego no pudo menos que reír. Le echó los brazos al cuello y él la atrajo hacia sí, acariciándole los hombros y el delicado contorno de su cuello, y la besó.


* * * * *

Pitt fue a la estación con Charlotte, Gracie y los niños. Se trataba de un lugar enorme con eco, atestado de personas que lo cruzaban rápidamente en todas direcciones. Era la estación terminal de la línea de Londres y el sudoeste, y había un gran estruendo producido por el siseo de vapor al salir, el sonido metálico de las puertas al abrirse y cerrarse, los pies que caminaban, corrían o se arrastraban por el andén, las ruedas de los carritos para el equipaje, los gritos de saludo y despedida, la emoción de la aventura… El aire estaba preñado de comienzos y finales.

Daniel correteaba de un lado para otro, impaciente. Edward, rubio como Emily, trató de recordarse la dignidad que suponía ser lord Asworth y lo consiguió durante cinco minutos, antes de echarse a correr por el andén para ver rugir el fuego a medida que un fogonero echaba más carbón a una máquina enorme. El fogonero levantó la mirada y sonrió al niño antes de limpiarse la frente con la mano y volver a empezar.



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