– ¡Niños! -murmuró Jemima entre dientes, lanzando una mirada a Charlotte.

Gracie, que no había crecido mucho desde que había entrado de criada a los trece años, llevaba ropa de viaje. Era la segunda vez que salía de Londres de vacaciones, y conseguía parecer muy experimentada y tranquila, excepto por el brillo de sus ojos y el color de sus mejillas, y el hecho de que se aferrara a su bolsa de viaje como si se tratara de un salvavidas.

Pitt sabía que debían marcharse, por su seguridad y porque quería estar libre de preocupaciones, y seguro de poder enfrentarse a Voisey sabiendo que su familia estaba donde él no podría encontrarla. Pero seguía sintiendo una dolorosa tristeza cuando llamó a un mozo y le dio instrucciones de llevar las maletas al furgón, dándole tres peniques por las molestias.

El mozo se ladeó la gorra y amontonó las maletas en su carrito. Iba silbando mientras se alejaba empujándolo, pero el sonido se perdió en medio del estruendo de un eructo de vapor, el ruido del carbón al deslizarse de las palas a los hornos, y el estridente silbato del jefe de tren mientras una máquina se precipitaba dando sacudidas hacia delante y empezaba a ganar velocidad al salir de la estación.

Daniel y Edward echaron carreras por el andén, buscando el compartimiento más vacío, y volvieron agitando los brazos y silbando triunfales.

Dejaron el equipaje de mano dentro y se acercaron a la puerta para despedirse.

– Cuidad unos de otros -les dijo Pitt después de abrazarlos a todos, incluso a Gracie, con gran sorpresa y satisfacción de la joven-. Y pasadlo bien. Disfrutad todo lo que podáis.

Se cerró otra puerta con estrépito y hubo una sacudida.

– Es hora de irse -dijo Pitt, y retrocedió un paso diciendo adiós con la mano mientras el vagón daba bandazos y sacudidas, los enganches se cerraban y el tren se ponía en movimiento.



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