En el asunto irlandés de Ashworth Hall había demostrado coraje así como aptitudes para actuar con dignidad y buen criterio. Al menos podría proporcionar a Pitt información más detallada, y tal vez con mayor fidelidad, que la que obtendría de una fuente pública.

Al llegar a la Cámara de los Comunes, Pitt pagó al cochero y subió las escaleras. No esperaba que le dejaran entrar directamente, y se disponía a escribir una nota en una de sus tarjetas y hacérsela llegar a Jack, pero el policía de la puerta lo conocía de sus tiempos en Bow Street y al verle se le iluminó la cara de satisfacción.

– Buenas tardes, señor Pitt. Me alegro de verle, señor. ¿No habrá problemas aquí?

– En absoluto, Rogers -respondió Pitt, dando gracias por acordarse del nombre del hombre-. Quiero ver al señor Radley, si es posible. Se trata de un asunto bastante importante.

– Enseguida, señor. -Rogers se volvió y llamó por encima del hombro-: ¡George! Acompaña al señor Pitt a ver al señor Radley. ¿Lo conoces? El señor diputado de Chiswick. -Se volvió de nuevo hacia Pitt-. Vaya con George, señor. Le llevará arriba, porque se puede perder en diez minutos en esta madriguera.

– Gracias, Rogers -dijo Pitt con sinceridad-. Eres muy amable.

En efecto, era un auténtico laberinto de pasillos y escaleras con oficinas a cada paso y gente que iba y venía, absorta en sus asuntos. Encontró a Jack solo en una habitación que evidentemente compartía con alguien. Dio las gracias a su guía y esperó a que saliera para cerrar la puerta y volverse para hablar.

Jack Radley rondaba la cuarentena, pero era un hombre bien parecido y con una cordialidad natural que le hacía parecer más joven. Se sorprendió al ver a Pitt, pero dejó a un lado los periódicos que estaba leyendo para mirarlo con curiosidad.



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