
– Indirectamente -admitió Pitt-. Te estás acercando a ese punto en el que preferirías que te dijera que no te metas donde no te llaman.
– ¿Qué escaño? -preguntó Jack con absoluta serenidad-. No puedo ayudarte si no lo sé.
– No puedes ayudarme de todos modos -respondió Pitt secamente-. A menos que sea con información sobre los temas que se tratan y con algún que otro consejo táctico. Ojalá hubiera prestado más atención a la política en el pasado.
Jack sonrió de pronto, aunque no sin burlarse un poco de sí mismo.
– Cuando pienso en lo reducida que va a ser nuestra mayoría, yo también lo pienso.
Pitt quería hablar de lo seguro que era el escaño de Jack, pero era mejor averiguarlo por medio de otra persona.
– ¿Conoces a Aubrey Serracold? -preguntó.
Jack pareció sorprenderse.
– Sí, la verdad es que lo conozco bastante bien. Su mujer es amiga de Emily. -Frunció el entrecejo-. ¿Por qué, Thomas? Apostaría a que es un hombre decente… honrado e inteligente, y que se ha metido en la política para servir a su país. No necesita el dinero y no busca simplemente el poder.
Esas palabras deberían haber tranquilizado a Pitt, pero en lugar de ello vislumbró a un hombre amenazado por un peligro que no vería hasta que fuera demasiado tarde; un enemigo que tal vez no reconociese ni siquiera entonces, porque su naturaleza escapaba a su comprensión.
¿Acaso tenía razón Jack, y al no decirle la verdad, estaba desaprovechando la única arma que tal vez poseía? Narraway le había encomendado una tarea imposible. No se trataba de indagar, como estaba acostumbrado a hacer; no se trataba de resolver un crimen, sino de prevenir una ofensa que iba contra la ley moral pero probablemente no contra las leyes del país. Lo que estaba mal no era que Voisey tuviera poder -tenía tanto derecho como cualquier otro candidato-, sino qué haría con él al cabo de dos o tres años, o incluso cinco o diez. Y no se podía castigar a un hombre por lo que uno creía que podía hacer, por malo que eso fuera.
