– Me encantaría -aceptó Pitt inmediatamente, levantándose también.

– Vamos al comedor de los diputados -sugirió Jack, abriéndole la puerta. Vaciló un momento, como si examinara el cuello limpio de Pitt, al tiempo que reparaba en su corbata arrugada y sus bolsillos abultados. Renunció a la idea con un suspiro.

Pitt le siguió y se sentó a una de las mesas. Estaba fascinado. Apenas probó bocado, tan ocupado estaba en observar a los demás comensales sin que diera la impresión de que lo estaba haciendo. Una tras otra, recorrió las caras que ya había visto en los periódicos; a muchas les ponía nombres, otras le resultaban familiares pero no las ubicaba. No perdía la esperanza de ver al mismo Gladstone.

Jack sonreía, bastante entretenido.

Iban por la mitad del postre, que consistía en budín de melaza caliente con crema, cuando se detuvo junto a su mesa un hombre corpulento de cabello rubio y ralo. Jack presentó a Finch como el diputado por los distritos de Birmingham, y a Pitt como su cuñado, sin especificar su profesión.

– Encantado -dijo Finch educadamente, luego miró a Jack-. Oye, Radley, ¿te has enterado de que ese tal Hardie se va a presentar? ¡Y en West Ham sur, ni siquiera en Escocia!

– ¿Hardie? -Jack frunció el entrecejo.

– ¡Keir Hardie! -exclamó Finch con impaciencia, dejando de lado a Pitt-. Ese tipo lleva en las minas desde que tenía diez años. Sabe Dios si es capaz de leer o escribir, ¡y ahora se presenta para el Parlamento! Por el Partido Laborista… o lo que eso signifique. -Extendió las manos en un gesto brusco-. ¡Eso no está bien, Radley! Es nuestro territorio… nuestros sindicatos y todo lo demás. No lo conseguirá, por supuesto… no tiene la menor posibilidad. Pero en estos momentos no podemos permitirnos perder ningún apoyo. -Bajó la voz-. ¡Va a estar muy reñido! Demasiado reñido, maldita sea. No podemos ceder en la jornada laboral, nos perjudicaría. Nos arruinaría en cuestión de meses. Pero me gustaría que el viejo se olvidara por un tiempo del autogobierno. ¡Acabará hundiéndonos!



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