– Una mayoría es una mayoría -replicó Jack-. Todavía es posible hacer algo con veinte o treinta.

Finch gruñó.

– No lo es. No por mucho tiempo. Necesitamos por lo menos cincuenta. Ha sido un placer conocerle… ¿Pitt? ¿Ha dicho Pitt? Un buen nombre tory. ¿No será usted tory?

Pitt sonrió.

– ¿Debería?

Finch lo miró; sus ojos azul claro se clavaron de pronto en él.

– No, señor, no debería. Debería mirar hacia el futuro, y apoyar una reforma prudente y firme. No un conservadurismo egoísta que no cambiará nada y permanecerá estancado en el pasado como una piedra. Ni un socialismo descabellado que lo cambiaría todo, tanto lo bueno como lo malo, como si todo estuviera escrito en el agua y el pasado no significara nada. Nuestra nación es la más grande que existe sobre la tierra, señor, pero todavía debemos actuar con mucha sabiduría a la hora de dirigir su rumbo, si queremos conservarla en estos tiempos tan cambiantes.

– En eso al menos estoy de acuerdo con usted -respondió Pitt manteniendo un tono despreocupado.

Finch vaciló un momento, luego se despidió y se marchó a paso brioso con los hombros echados hacia delante como si se abriera paso entre una multitud, aunque en realidad solo pasó junto a un camarero con una bandeja.

Pitt salía del comedor detrás de Jack cuando chocaron nada menos que con el primer ministro, lord Salisbury, que en ese momento entraba en el recinto. Llevaba un traje de raya diplomática, y tenía el rostro alargado y algo triste, lucía barba y estaba prácticamente calvo en la zona de la coronilla.



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