En la ciudad hacía calor y había polvo, y estaba atestada de tráfico de todos los ámbitos: el comercio, los negocios y el recreo. Había vendedores callejeros que pregonaban sus mercancías en casi cada esquina, y coches con damas que habían salido a ver los monumentos y se protegían la cara del sol con una colección de sombrillas de bonitos colores que parecían enormes flores demasiado abiertas. Pasaban carros pesados que transportaban fardos de mercancías, carretas de leche y verduras, ómnibus y las habituales hordas de coches de punto. Hasta las aceras estaban abarrotadas, y Pitt tuvo que abrirse paso haciendo eses entre la gente. El ruido asaltaba los oídos y la mente del viandante: las voces que parloteaban, los gritos de los vendedores que anunciaban un centenar de artículos en venta, el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines, el tintineo de los arreos, los aullidos de frustración de los cocheros, el golpeteo de los cascos de los caballos…

Habría preferido que Voisey hubiera sabido lo menos posible de él, pero después de su encuentro en la Cámara de los Comunes el interés de Pitt ya no era ningún secreto. Lo lamentaba, pero no podía hacer nada para enmendarlo, y tal vez ya era inevitable; hubiera sido mejor posponerlo, aunque solo fuera por poco tiempo. Voisey tal vez habría estado demasiado absorto en sus batallas políticas y la emoción de la campaña electoral para advertir el interés que mostraba una persona más por él.

Hacia las cinco de la tarde Pitt sabía los nombres de las personas que apoyaban la candidatura de Voisey, tanto públicamente como en privado; al menos de aquellas de las que se tenía constancia.



27 из 353