
El hecho de que pareciera imposible que Voisey ganara el escaño preocupaba a Pitt mucho más que si hubiera visto una brecha, un punto débil que se pudiera explotar. Significaba que el ataque venía de un flanco del que no sabía cómo protegerse, y ni siquiera tenía idea de dónde estaba su punto vulnerable.
Se dirigió al sur del río, en dirección a los muelles y las fábricas a la sombra de la estación ferroviaria de London Bridge, con la intención de sumarse a la multitud de trabajadores para escuchar el primer discurso público que iba a pronunciar Voisey. Le intrigaba enormemente ver cómo se comportaba, así como la clase de respuesta que recibía.
Se detuvo en una de las tabernas y tomó una ración de pastel de carne y una jarra de sidra, prestando atención a las conversaciones de las mesas de alrededor. Se oían muchas carcajadas, pero debajo de ellas se percibía una inconfundible nota de amargura. Solo oyó una alusión a los irlandeses o al controvertido problema del autogobierno, y hasta eso se trató medio en broma. Pero el tema de la jornada laboral provocó resentimiento y un apoyo considerable a los socialistas, aunque apenas nadie parecía conocer los nombres de ninguno. Pitt no oyó mencionar a Sydney Webb o a William Morris, ni al elocuente y vociferante dramaturgo Shaw.
Hacia las siete estaba delante de una de las puertas de la fábrica; los lados planos y grises de los edificios se elevaban en el aire lleno de humo. A lo lejos se oía el rítmico golpeteo de la maquinaria, y el olor de los gases del coque y los ácidos le irritó la garganta.
