A su alrededor había más de cien hombres vestidos con uniforme marrón y gris, cuya tela estaba desteñida y remendada una y otra vez, deshilachada por los puños y gastada por los codos y las rodillas. Muchos de ellos llevaban gorras de tela pese a que hacía una tarde agradable y, lo que era todavía más insólito, no llegaba una brisa fría del río. La gorra era una costumbre, casi parte de su identidad.

Pitt pasó inadvertido entre ellos, pues su habitual desaliño constituía un disfraz perfecto. Escuchó sus risas y sus ruidosas bromas a menudo crueles, y percibió el matiz de desesperación que latía en ellas. Y cuanto más escuchaba, menos comprendía cómo Voisey -con su dinero, su situación privilegiada, sus finos modales y ahora también su título-, podía ganarse siquiera a uno de ellos, y no digamos a la mayoría. Él representaba todo lo que les oprimía y lo que creían, justificadamente o no, que les explotaba en su trabajo y les robaba sus gratificaciones. A Pitt le asustaba todo aquello porque sabía demasiado para creer que Voisey fuera un soñador que confiaba en la suerte.

La multitud empezaba a impacientarse y a hablar de marcharse cuando a unos veinte pasos se detuvo un coche, no un carruaje, y Pitt vio cómo la alta figura de Voisey se apeaba y se encaminaba hacia ellos. Sintió un escalofrío de aprensión, como si en medio de toda esa gente Voisey pudiera verle y su odio pudiera alcanzarle.

– Ha venido después de todo, ¿eh? -gritó una voz, rompiendo por un instante el hechizo del momento.

– ¡Por supuesto que he venido! -respondió Voisey volviéndose hacia ellos con la cabeza alta y una expresión ligeramente divertida, mientras Pitt permanecía invisible a sus ojos, un rostro anónimo entre cientos-. Tenéis votos, ¿no?

Media docena de hombres se rieron.

– ¡Al menos no finge que le importamos! -exclamó alguien unos metros a la izquierda-. Prefiero a un canalla honrado que a otro que no lo es.



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