
Pitt pasó inadvertido entre ellos, pues su habitual desaliño constituía un disfraz perfecto. Escuchó sus risas y sus ruidosas bromas a menudo crueles, y percibió el matiz de desesperación que latía en ellas. Y cuanto más escuchaba, menos comprendía cómo Voisey -con su dinero, su situación privilegiada, sus finos modales y ahora también su título-, podía ganarse siquiera a uno de ellos, y no digamos a la mayoría. Él representaba todo lo que les oprimía y lo que creían, justificadamente o no, que les explotaba en su trabajo y les robaba sus gratificaciones. A Pitt le asustaba todo aquello porque sabía demasiado para creer que Voisey fuera un soñador que confiaba en la suerte.
La multitud empezaba a impacientarse y a hablar de marcharse cuando a unos veinte pasos se detuvo un coche, no un carruaje, y Pitt vio cómo la alta figura de Voisey se apeaba y se encaminaba hacia ellos. Sintió un escalofrío de aprensión, como si en medio de toda esa gente Voisey pudiera verle y su odio pudiera alcanzarle.
– Ha venido después de todo, ¿eh? -gritó una voz, rompiendo por un instante el hechizo del momento.
– ¡Por supuesto que he venido! -respondió Voisey volviéndose hacia ellos con la cabeza alta y una expresión ligeramente divertida, mientras Pitt permanecía invisible a sus ojos, un rostro anónimo entre cientos-. Tenéis votos, ¿no?
Media docena de hombres se rieron.
– ¡Al menos no finge que le importamos! -exclamó alguien unos metros a la izquierda-. Prefiero a un canalla honrado que a otro que no lo es.
