Voisey se acercó al carro que habían colocado a modo de tarima improvisada y con un movimiento ágil se subió a él.

La gente observaba atenta, pero su actitud era hostil, esperando la oportunidad de criticar, desafiar e insultar. Voisey parecía estar solo, pero Pitt reparó en dos o tres policías situados al fondo, y en media docena o más de hombres que acababan de llegar, todos vigilando a la multitud; hombres fornidos y vestidos con ropa discreta de colores apagados, pero con una fluidez de movimientos y una inquietud que contrastaban con el cansancio de los trabajadores de las fábricas.

– Habéis venido -empezó a decir Voisey- porque tenéis curiosidad por oír lo que voy a decir y os intriga saber si voy a proponer algo que justifique que me votéis a mí en lugar de al candidato liberal, el señor Serracold, cuyo partido os ha representado desde que tengo memoria. A lo mejor hasta esperáis divertiros a mi costa.

Hubo risas y un par de silbidos.

– Bueno, ¿qué queréis de un gobierno? -preguntó Voisey, y antes de que pudiera responder le hicieron callar con gritos.

– ¡Menos impuestos! -gritó alguien, y sonó un coro de burlas.

– ¡Trabajar menos horas! ¡Una semana laboral decente, no más larga que la suya!

Se oyeron más risas, pero esta vez eran ásperas, furiosas.

– ¡Sueldos decentes! Casas sin goteras. ¡Alcantarillas!

– ¡Bien! Yo también -concedió Voisey, haciéndose oír pese a que no daba la impresión de estar elevando la voz-. También me gustaría que hubiera trabajo para todo el que quiera trabajar, hombre o mujer. Me gustaría que hubiera paz, un buen comercio exterior, menos crímenes, más justicia, policía responsable y no corrupta, comida barata, pan para todos, ropa y botas para todos. También me gustaría que hiciera buen tiempo, pero…

El resto de sus palabras se perdieron entre las carcajadas.

– ¡Pero no me creeríais si os dijera que puedo conseguirlo! -terminó.



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