
– ¿Qué es? -preguntó Charlotte, cuya voz adquirió un matiz áspero al observar cómo cambiaba la expresión de Pitt-. ¿Qué ha pasado?
– No lo sé -respondió él-. Narraway quiere verme, pero no puede ser nada serio. No tengo que empezar a trabajar con la Brigada Especial hasta dentro de tres semanas.
Ella sabía, por supuesto, quién era Narraway, aunque no lo conocía personalmente. Desde el día que se había tropezado con Pitt hacía once años, en 1881, ella había tomado parte activa en cada uno de los casos que había despertado su curiosidad o provocado su indignación, o en los que se había visto involucrada una persona que le importaba. De hecho, era ella quien había trabado amistad con la viuda de la víctima de John Adinett en la conspiración de Whitechapel, y quien había acabado averiguando la razón de su muerte. Tenía una idea más aproximada de quién era Narraway que cualquier otra persona que no perteneciera a la Brigada Especial.
– Bueno, pues más vale que le digas que no te entretenga -dijo enfadada-. Estás de vacaciones y tienes que coger un tren al mediodía. ¡Ojalá te hubiera llamado mañana, cuando ya nos hubiéramos ido!
– No creo que sea importante -dijo Pitt con tono despreocupado. Sonrió, pero sus labios se curvaron ligeramente hacia abajo-. Últimamente no ha habido bombas, y con las elecciones a la vuelta de la esquina, seguramente no las habrá por un tiempo.
– Entonces ¿por qué no puede esperar a que vuelvas? -preguntó ella.
– Probablemente puede esperar. -Se encogió de hombros, compungido-. Pero no puedo permitirme desobedecer. -Era un duro recordatorio de su nueva situación.
Pitt estaba bajo las órdenes directas de Narraway, y aparte de a él, no tenía a nadie a quien recurrir; no contaba con información ni con una audiencia pública a la que apelar, como había ocurrido cuando era policía. Si Narraway le rechazaba, no tenía adónde ir.
