– ¡No te creemos de todas maneras! -respondió una voz a gritos, seguida de más burlas y gritos de aprobación.

Voisey sonrió, pero tenía el cuerpo rígido.

– ¡Pero me vais a escuchar, porque para eso habéis venido! Os intriga lo que os voy a decir, y sois justos.

Esta vez no hubo silbidos. Pitt advirtió el cambio en el ambiente, como si una tormenta hubiera pasado de largo sin estallar.

– ¿Trabajáis casi todos en estas fábricas? -Voisey las abarcó con un ademán-. ¿Y en estos muelles?

Hubo un murmullo de asentimiento.

– ¿Produciendo mercancías que llegan a todo el mundo? -continuó.

De nuevo se produjo un asentimiento, y se notó una ligera impaciencia. No comprendían por qué lo preguntaba. Pitt sí lo sabía, como si ya le hubiera escuchado antes.

– ¿Ropa confeccionada con algodón egipcio? -preguntó Voisey elevando la voz y escudriñando sus rostros, el lenguaje de sus cuerpos, el aburrimiento o el comienzo de la comprensión-. ¿Brocados de Persia y de la vieja ruta de la seda hasta China e India? -continuó-. ¿Lino de Irlanda? ¿Madera de África, caucho de Birmania…? Podría continuar, pero probablemente os sabéis la lista tan bien como yo. Son los productos del Imperio. Por eso somos el mayor país comercial del mundo, por eso Gran Bretaña gobierna los mares, una cuarta parte del planeta habla nuestro idioma, y los soldados de la reina velan por la paz, por tierra y por mar, hasta en el último rincón del globo.

Esta vez la respuesta de la multitud adquirió una nota distinta de orgullo, cólera y curiosidad. Varios hombres se irguieron y se pusieron firmes. Pitt se apresuró a apartarse del campo de visión de Voisey.

Voisey gritó por encima de ellos.

– No se trata solo de gloria… Es el techo que tenéis sobre vuestras cabezas y la comida que lleváis a la mesa.

– ¿Qué hay de una jornada de menos horas? -gritó un hombre pelirrojo.

– Si perdemos el Imperio, ¿para quién trabajaréis? -le desafió Voisey-. ¿A quién compraréis y venderéis?



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