Les contó un par de chistes breves y los dejó riendo mientras volvía a su coche y se marchaba.

Pitt tenía el cuerpo entumecido de haber permanecido tan inmóvil, y sentía un frío en su interior, y una admiración llena de resentimiento hacia Voisey por el modo en que había convertido esa multitud de desconocidos hostiles en hombres que se acordarían de su nombre, que se acordarían de que él no les había traicionado ni hecho falsas promesas, que no había dado por sentado que iba a caerles bien y que les había hecho reír. No olvidarían lo que había dicho sobre perder el Imperio que les proporcionaba trabajo. Podía hacer ricos a sus jefes, pero la verdad era que si sus jefes eran pobres, ellos lo eran aún más. Podía ser injusto o no, pero muchos hombres de los que estaban allí eran lo bastante realistas para saber que así eran las cosas.

Pitt esperó unos minutos hasta que perdió de vista a Voisey, luego cruzó los polvorientos adoquines a la sombra de los muros de la fábrica y a lo largo de un estrecho callejón, hasta llegar a la calle principal, donde detuvo un coche de punto. Voisey había dejado ver al menos varias de sus tácticas, pero no había dado muestras de vulnerabilidad alguna. Aubrey Serracold iba a tener que desplegar algo más que su encanto y honradez para competir con él.

Todavía era pronto para volver a casa, sobre todo a una casa vacía. Le esperaba un buen libro, pero el silencio le llenaría de inquietud. La sola idea le hacía sentirse muy solo. Debía de haber algo más que él pudiera hacer: tal vez obtener más información de Jack Radley. O sonsacar a Emily algo sobre la mujer de Serracold. Era muy observadora y mucho más realista que Charlotte en lo tocante a las estratagemas del poder. Tal vez había detectado en Voisey un punto flaco en el que no habría reparado un hombre más concentrado en sus opiniones políticas y menos en su persona.



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