
Se inclinó hacia delante y dio nuevas instrucciones al cochero.
Pero cuando llegaron, el mayordomo le dijo con sinceras disculpas que el señor y la señora Radley habían salido a cenar, y no era razonable esperar su regreso antes de la una de la madrugada, como muy pronto.
Pitt le dio las gracias y declino la oferta de esperar, como el mayordomo había esperado. Volvió al coche y pidió al conductor que le llevara al piso de Cornwallis en Piccadilly.
Abrió la puerta un ayuda de cámara que, sin preguntar nada, le condujo al pequeño salón de Cornwallis. Estaba amueblado al estilo elegante pero austero de un camarote de capitán, lleno de libros, dorados bruñidos, y madera oscura y brillante. Sobre la repisa de la chimenea colgaba un cuadro de un bergantín goleta con aparejo de cruz que huía de una tempestad.
– El señor Pitt, señor -anunció el ayuda de cámara.
Cornwallis dejó caer el libro y se levantó sorprendido y algo alarmado.
– ¿Pitt? ¿Qué le pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no está en Dartmoor?
Pitt no respondió.
Cornwallis lanzó una mirada al ayuda de cámara y luego se volvió hacia Pitt.
– ¿Ha comido? -preguntó.
Pitt se sorprendió al darse cuenta de que el último bocado que había probado había sido el pastel de carne que había comido en la taberna cercana a la fábrica.
– No… desde hace un rato. -Se dejó caer en la butaca situada frente a la de Cornwallis-. Un poco de queso y pan me vendrían muy bien… o bizcocho, si tienes. -Ya echaba de menos los de Gracie, y las latas estaban vacías. Ella no había dejado nada preparado, creyendo que iban a irse todos.
– Trae pan y queso para el señor Pitt -ordenó Cornwallis-. Y sidra con un trozo de bizcocho. -Se volvió de nuevo hacia Pitt-. ¿O prefiere té?
