– La sidra me parece excelente -respondió Pitt, relajándose en el confortable sofá.

El ayuda de cámara salió, cerrando la puerta tras él.

– ¿Y bien? -preguntó Cornwallis ocupando de nuevo su asiento, con el entrecejo fruncido de nuevo. No era guapo, pero había en sus facciones una fuerza y una simetría que acababan agradando al observador cuanto más las miraba. Cuando se movía lo hacía con los movimientos gráciles y mesurados de quien ha pasado muchos años en alta mar con el alcázar como único espacio por el que caminar.

– Ha surgido algo relacionado con uno de los escaños parlamentarios y Narraway quiere que… observe. -Vio cómo la cólera se pintaba en el rostro de Cornwallis, y supo que se debía a la injusticia cometida por Narraway al no haber respetado la decisión de Bow Street de darle unas semanas de permiso. Se trataba de una ignominia que se sumaba al agravio de su despido y su traslado, que era la forma que había tomado la venganza del Círculo Interior. Todas las suposiciones y certezas se habían desvanecido para ellos dos.

Pero Cornwallis no se dedicó a sondearle. Estaba acostumbrado a la vida solitaria de un capitán en alta mar, que debe escuchar a sus oficiales pero compartir solo los temas prácticos con ellos, y no justificarse ni mostrar sus emociones; un hombre que siempre debe permanecer al margen, mantener lo mejor posible la ilusión de que nunca tiene miedo, nunca se siente solo y nunca le asaltan las dudas. Era la disciplina de toda una vida y no podía romper con ella ahora. Se había convertido en parte de su personalidad y ya no era consciente de ello.

El ayuda de cámara regresó con pan, queso, sidra y bizcocho, y Pitt le dio las gracias.

– De nada, señor. -El sirviente se inclinó y se retiró.

– ¿Qué sabe de Charles Voisey? -preguntó Pitt mientras untaba con mantequilla el pan crujiente y cortaba un grueso trozo de pálido y fuerte queso Caerphilly, y observaba cómo se desmenuzaba bajo el cuchillo. Le dio un mordisco con ansia. Estaba exquisito y cremoso.



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