
Cornwallis sonrió mirando a Pitt sin parpadear.
– Parece que esté desplegándose para entrar en batalla -dijo con un leve tono interrogativo.
– Estoy buscando un arma -replicó Pitt sin desviar la mirada-. ¿Cuento con alguna?
– Lo dudo -respondió Cornwallis-. Si le importa algo aparte del poder, y yo no tengo noticia de ello, no le importa lo suficiente para lamentar su pérdida. -Observaba la cara de Pitt, tratando de leerle el pensamiento-. Le gusta vivir bien, pero no de forma ostentosa. Disfruta siendo admirado, y la gente le admira, pero para ello no está dispuesto a tratar de congraciarse con nadie. Me atrevería a decir que no le hace falta. Adora su casa, la buena comida, el buen vino, el teatro, la música, la buena compañía, pero lo sacrificaría todo con tal de alcanzar el cargo que quiere. Al menos eso es lo que he oído decir. ¿Quiere que pregunte por ahí?
– ¡No! No… aún no.
Cornwallis asintió.
– ¿Teme a alguien? -preguntó Pitt sin esperanzas.
– A nadie que yo conozca -dijo Cornwallis secamente-. ¿Tiene motivos para hacerlo? ¿Es eso lo que le inquieta a Narraway, un atentado contra él?
De nuevo Pitt no pudo responder. El silencio le preocupaba, aunque sabía que Cornwallis lo comprendería.
– ¿Siente afecto por alguien? -preguntó con obstinación. No podía permitirse claudicar.
Cornwallis reflexionó unos minutos.
– Es posible -dijo al fin-. Aunque no sé hasta qué punto. Pero creo que en ciertos sentidos la necesita, aunque solo sea como su anfitriona. Pero creo que siente por ella todo el afecto que es capaz de sentir un hombre de su carácter.
– ¿Ella? ¿Quién es ella? -preguntó Pitt, finalmente esperanzado.
Cornwallis zanjó la cuestión con una sonrisa irónica.
– Su hermana es una viuda encantadora y con don de gentes. Parece tener, o al menos lo aparenta, la sutileza y la sensibilidad moral que él nunca ha demostrado, a pesar de su reciente título de sir, del que usted sabe más que yo.
