– Sí… -Charlotte bajó la mirada-. Lo sé. Solo recuérdale lo del tren. No hay ninguno que salga más tarde y llegue allí esta noche.

– Lo haré. -La besó en la mejilla y, tras darse la vuelta, salió por la puerta y bajó las escaleras hasta la calle, donde le esperaba el coche.

– ¿Listo, señor? -preguntó el cochero desde la cabina.

– Sí -asintió Pitt.

Levantó la mirada hacia él, luego subió al carruaje y se sentó mientras el coche se ponía en movimiento. ¿Qué podía querer de él Víctor Narraway que no pudiera esperar a que regresara al cabo de tres semanas? ¿Se limitaba a ejercer su poder para volver a dejar sentado que era él quien mandaba? Difícilmente podía necesitar su opinión: seguía siendo un novato en la Brigada Especial. No sabía casi nada de los fenianos, y carecía de conocimientos sobre la dinamita u otra clase de explosivos. Sabía muy poco sobre las conspiraciones en curso y, con franqueza, tampoco quería saber más sobre el tema. Él era un detective, un policía. Se le daba bien resolver crímenes, desentrañar los detalles y las pasiones de asesinos individuales, no las maquinaciones de espías, anarquistas y revolucionarios políticos.

Había tenido un gran éxito en Whitechapel, pero eso se había terminado. Todo lo que la Brigada Especial había podido llegar a saber alguna vez había sido silenciado y permanecía oculto en los cuerpos que habían sido decorosamente enterrados para encubrir las terribles desgracias que les habían sucedido. Charles Voisey seguía vivo, y no podían probar nada contra él. Pero de algún modo se había hecho justicia. Se las habían ingeniado para que pareciera que él, el héroe secreto del movimiento para derrocar el trono, había arriesgado la vida para salvarlo. Pitt sonrió y se le hizo un nudo en la garganta al recordar con dolor cómo había permanecido de pie al lado de Charlotte y Vespasia en Buckingham Palace, mientras la reina concedía el título de sir a Voisey por los servicios prestados a la Corona. Voisey había abandonado su postración y se había levantado demasiado indignado para hablar, y Victoria, creyéndolo turbado, le había sonreído con indulgencia. El príncipe de Gales lo había elogiado, y Voisey había dado media vuelta y había pasado de nuevo por delante de Pitt con los ojos encendidos por el odio. Incluso ahora Pitt sentía un frío nudo en el estómago al recordarlo.



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