Sí, Dartmoor sería el lugar perfecto: amplios cielos despejados y barridos por el viento, el olor a tierra y a hierba de los caminos sin pavimentar… Pasearían y hablarían, ¡o simplemente pasearían! Haría volar cometas con Daniel y Edward, se subirían a las rocas y cogerían conchas, y observarían los pájaros y los animales. Charlotte y Jemima podrían hacer lo que quisieran: ir a visitar a gente, hacer nuevas amistades, contemplar los jardines o coger flores silvestres.

El coche se detuvo.

– Ya hemos llegado, señor -dijo el cochero-. Entre directamente. El señor le espera.

– Gracias. -Pitt se bajó y cruzó la acera hasta los escalones que llevaban a una puerta sencilla de madera. No era la trastienda en la que se había reunido con Narraway en Whitechapel. ¿Acaso cambiaba de base según sus necesidades? Abrió la puerta sin llamar y entró. Se encontró en un pasillo que conducía a una agradable salita con ventanas que miraban a un pequeño jardín, en su mayor parte abarrotado de rosales a los que les hacía mucha falta una poda.

Víctor Narraway estaba sentado en uno de los dos sillones y alzó la vista hacia Pitt sin levantarse. Era un hombre esbelto y de estatura mediana que vestía con pulcritud, pero su aspecto llamaba la atención debido a la inteligencia que traslucía su rostro. Aun en reposo irradiaba energía, como si su mente nunca descansara. Tenía el pelo negro, recio y abundante, y profusamente salpicado de canas, unos ojos casi negros con los párpados caídos, y una nariz larga y recta.

– Siéntese -ordenó, mientras Pitt seguía de pie-. No tengo intención de alzar la vista hacia usted. Y usted se cansará y empezará a moverse nervioso, lo cual hará que me enfade.



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