
Pitt se metió las manos en los bolsillos.
– No dispongo de mucho tiempo. Me voy a Dartmoor en el tren del mediodía.
Narraway arqueó sus pobladas cejas.
– ¿Con su familia?
– Sí, por supuesto.
– Lo siento.
– ¡No tiene por qué sentirlo! -replicó Pitt-. Voy a pasarlo muy bien. Y después de lo de Whitechapel, me lo he ganado.
– Es cierto -reconoció Narraway en voz baja-. De todos modos, no va a ir.
– Ya lo creo que voy a ir. -Hacía apenas unos meses que se conocían y habían trabajado juntos en un caso, aunque no codo con codo. El trato que ambos se deparaban era muy distinto de la larga relación que tenía con Cornwallis, por quien sentía un profundo afecto y en quien había confiado más de lo que cualquier otra persona podría imaginar. Seguía sin saber qué pensar de Narraway y, desde luego, no confiaba en él, a pesar de su comportamiento en Whitechapel. Creía que servía al país y era un hombre de honor según su propio código ético, pero Pitt aún no sabía cuál era ese código, y entre ellos no existía ningún vínculo que le moviera a confiar en su amistad.
Narraway suspiró.
– Siéntese, por favor, Pitt. Suponía que me iba a poner en una situación incómoda a nivel moral, pero no físico. Me desagrada tener que alargar el cuello para mirarle.
– Hoy me voy a ir a Dartmoor -repitió Pitt.
– Estamos a dieciocho de junio. El Parlamento suspenderá sus sesiones el veintiocho. -Narraway hablaba cansinamente, como si se tratara de algo triste e indescriptiblemente agotador-. Habrá elecciones generales inmediatamente. Me imagino que hacia el cuatro o cinco de julio tendremos los primeros resultados.
– Entonces perderé mi derecho al voto -replicó Pitt-, porque no estaré aquí. Aunque dudo que eso cambie algo.
Narraway lo miró con fijeza.
– ¿Tan corrupto es su distrito electoral?
