—El Alma Suprema sabe que no es así.

—Pues aprende a controlar tu expresión, Nyef, porque parece que muestra emociones que ni siquiera sientes. En cuanto le diste la espalda, Elemak te mandó a la mierda con un gesto. Vaya si pensaba que estabas enfadado.

Issib se alejó flotando. Nafai se puso las sandalias y se entrelazó los cordones sobre las perneras. Los jóvenes de Basílica acostumbraban usar cordones largos hasta los muslos y sujetárselos bajo la ingle, pero Nafai usaba cordones cortos y se los sujetaba a la altura de las rodillas, como un trabajador. Los jóvenes, con un grueso nudo de cuero entre las piernas, se contoneaban al andar, para evitar la fricción contra los muslos y la consiguiente irritación. Nafai no se contoneaba y detestaba esa moda incómoda.

Ese rechazo a la moda le dificultaba las relaciones con los chicos de su edad, pero Nafai no le daba la menor importancia. Disfrutaba más de la compañía de las mujeres, y las mujeres cuya opinión valoraba eran las que no se dejaban seducir por modas frívolas. Eiadh, por lo pronto, a menudo compartía sus burlas contra las sandalias de cordones altos.

—Imagínalos usando esas cosas mientras montan a caballo —comentó una vez.

—Suficiente para transformar a un toro en novillo —replicó Nafai, y Eiadh se echó a reír y repitió la broma varías veces. Si en el mundo existía semejante mujer, ¿por qué un hombre debía interesarse en modas estúpidas?

Cuando Nafai llegó a la cocina, Elemak estaba metiendo un pastel de arroz congelado en el horno. El pastel tenía tamaño suficiente para alimentarlos a todos, pero Nafai sabía por experiencia que Elemak pensaba comérselo él sólito. Hacía meses que viajaba alimentándose de comida fría, moviéndose casi siempre de noche. Elemak devoraría el pastel en seis dentelladas y luego se desplomaría en la cama para dormir hasta la mañana siguiente.



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