Así hablaba Padre, una especie de continua perorata. Madre decía que adoptaba este tono porque no sabía hablar naturalmente con los niños. Pero Nafai había oído suficientes conversaciones adultas para saber que Padre hablaba así con todos excepto con Rasa. Padre nunca estaba a sus anchas, nunca era él mismo con nadie; pero con los años Nafai también aprendió que Padre, por muy pomposo y grandilocuente que fuera, no era tonto; sus palabras nunca eran hueras, estúpidas ni ignorantes. Así hablaba un hombre, pensaba Nafai cuando era pequeño, de forma que practicaba un estilo elegante y se esmeraba por aprender el emeznetyi clásico, además del bassyat coloquial que era el idioma de las artes y el comercio de Basílica. Últimamente Nafai había comprendido que para comunicarse con la gente real tenía que hablar el idioma común, pero los ritmos y melodías del emeznetyi aún se traslucían en sus escritos y su habla. Incluso en las estúpidas bromas que provocaban la ira de Elemak.

—Acabo de comprender una cosa —dijo Nafai.

Issib no respondió. Iba tan adelante que Nafai no supo si le había oído. Pero Nafai continuó de todos modos, hablando en voz aún más baja, quizá porque sólo se lo decía a sí mismo.

—Creo que digo esas cosas que enfurecen tanto a los demás no por ganas de molestar, sino porque se me ocurre un modo ingenioso de expresarlas. Es como un arte, pensar en el modo perfecto de expresar una idea, y cuando lo piensas tienes que decirlo, porque las palabras no existen hasta que las dices.

—Un arte bastante endeble, Nyef, y te aconsejaría que lo abandones antes de que alguien te mate por su causa. Vaya, Issib sí estaba escuchando.



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