—Para ser un sujeto tan fuerte y robusto, tardas bastante en subir por el Camino del Risco hasta la Calle del Mercado —comentó Issib.

—Estaba pensando.

—Tendrías que aprender a pensar y caminar al mismo tiempo.

Nafai llegó a la cima, donde Issib aguardaba. De verdad estaba remoloneando, pensó. Ni siquiera me falta el aliento.

Pero como Issib se había detenido, Nafai también se demoró, volviéndose como Issib para mirar camino abajo. El Camino del Risco tenía un nombre atinado, pues cruzaba un risco que descendía hacia la vasta e irrigada llanura de la costa.

Era una mañana clara, y desde esa altura alcanzaban a ver el océano. Retazos multicolores de granjas y huertos, con costurones de carreteras y nudos de ciudades y aldeas, se extendían como una colcha entre las montañas y el mar. Por el Camino del Risco subía una larga fila de granjeros que se dirigían al mercado con largas hileras de animales de carga. Si Nafai e Issib se demoraban diez minutos más, tendrían que continuar la marcha en medio del bullicio y el hedor de caballos, asnos, musías y kurelomi, el sudor de los hombres y el cuchicheo de las mujeres. En otros tiempos habría sido placentero, pero Nafai había viajado con ellos bastantes veces para saber que el sudor y los cuchicheos eran siempre iguales. No todo lo que viene de un jardín es una rosa.

Issib se volvió hacia el oeste y Nafai lo imitó, para ver un paisaje que era todo lo contrario: la escabrosa y rocosa meseta del Besporyadok, el yermo que se extendía hacia occidente. Mil poetas cantaban que el sol se elevaba del mar, aureolado por astillas de luz que bailaban en las aguas, y se ponía en una roja llamarada en el oeste, perdiéndose en el polvo del desierto. Pero Nafai siempre pensaba que, a juzgar por el clima, el sol debía de ir en sentido contrario. No llevaba agua del océano a la tierra, sino fuego seco del desierto al mar.

Los granjeros que se dirigían al mercado se acercaban, y ya se oían los arrieros y los asnos.



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