Los hermanos reanudaron la marcha hacia Basílica, cuya muralla de roca roja fulguraba con los primeros rayos del sol. Basílica, donde las boscosas montañas del norte se juntaban con el desierto del oeste y el fecundo litoral del este. Los poetas celebraban ese lugar: Basílica, Ciudad de las Mujeres, Puerto de las Brumas, Rojo Jardín del Alma Suprema, el refugio donde todas las aguas del mundo confluían para concebir nuevas nubes, para derramar agua fresca sobre la tierra.

O, como decía Mebbekew, la mejor ciudad del mundo para follar.

El camino que unía la Puerta del Mercado de Basílica con la casa de Wetchik no había cambiado en todos esos años: Nafai notaba hasta el cambio de una piedra. Pero cuando Nafai cumplió los trece, llegó a un punto de inflexión que alteró el significado de ese camino. A los trece años, incluso los niños más promisorios iban a vivir con el padre y abandonaban para siempre su educación. Sólo se quedaban los que se proponían rechazar los oficios viriles para transformarse en sabios. Al cumplir ocho años Nafai rogó que le dejaran vivir con su padre, pero a los trece cambió de parecer. No, no he decidido ser sabio, decía, pero tampoco he decidido lo contrario. ¿Por qué he de decidir ahora? Déjame vivir contigo, Padre, si es necesario… pero también déjame quedarme en la escuela de Madre hasta que las cosas se aclaren. No me necesitas en tu trabajo tal como necesitas a Elemak. Y no quiero ser otro Mebbekew.

Así, aunque el camino que unía la casa de Padre con la ciudad no había cambiado, ahora Nafai lo recorría en dirección contraria. Ahora el trayecto no iba desde la casa de Rasa hasta la campiña, sino desde la casa de campo de Wetchik hasta la ciudad. Aunque tenía más pertenencias en la ciudad —todos sus libros, papeles, herramientas y juguetes— y a menudo dormía allá tres o cuatro de las ocho noches de la semana, su hogar estaba en la casa de Padre.



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