Lo cual era inevitable. Ningún hombre podía afirmar que en Basílica algo le pertenecía: todo era obsequio de una mujer. Ni siquiera un hombre como Padre, que tenía buenas razones para sentirse seguro de su compañera de muchos años, se sentía a sus anchas en Basílica, debido al lago. El profundo valle en el corazón de la ciudad —la razón de la existencia de la ciudad— ocupaba la mitad de la superficie de Basílica, y nadie podía visitarlo, ningún hombre podía internarse en el bosque circundante lo suficiente para vislumbrar esas aguas brillantes. Si eran brillantes. Por lo que sabía Nafai, el valle era tan profundo que el sol jamás tocaba las aguas del lago de Basílica.

Ningún lugar puede ser tu hogar si alberga un sitio donde está prohibido entrar. Ningún hombre puede ser un verdadero ciudadano de Basílica. Y yo me estoy volviendo un extraño en casa de mi madre.

En el pasado Elemak había hablado de ciudades donde los hombres poseían todo, lugares donde los hombres tenían muchas esposas y las esposas no tenían opciones en cuanto a la renovación del contrato de matrimonio, e incluso de una ciudad donde ni siquiera había matrimonio, sino que cualquier hombre podía adueñarse de cualquier mujer y ella no podía rechazarlo a menos que ya estuviera encinta. Nafai se preguntaba si estas historias eran verídicas. ¿Por qué las mujeres iban a resignarse a semejante trato? ¿Era posible que las mujeres de Basílica fueran mucho más fuertes que las de otros lugares? ¿O los hombres de este lugar eran más débiles o más tímidos que los de otras ciudades?

La pregunta cobró un carácter súbitamente apremiante.

—¿Alguna vez has dormido con una mujer, Issya? Issib no respondió.

—Sólo preguntaba —dijo Nafai. Issib guardó silencio.

—Trato de entender qué tienen de maravilloso las mujeres de Basílica para que un hombre como Elya regrese siempre aquí cuando podría vivir en uno de esos sitios donde los hombres actúan siempre a su antojo.



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