Sólo esta vez Issib respondió.

—En primer lugar, Nafai, no hay ningún sitio donde los hombres actúen siempre a su antojo. Hay sitios donde los hombres fingen que actúan a su antojo y las mujeres fingen que se lo permiten, así como las mujeres fingen que actúan a su antojo y los hombres fingen que se lo permiten.

Era una reflexión interesante. A Nafai nunca se le había ocurrido pensar que quizá las cosas no fueran tan claras y sencillas como parecían. Pero Issib no había concluido y Nafai quiso oír el resto.

—¿Y en segundo lugar?

—En segundo lugar, Nyef, Madre y Padre me encontraron una instructora hace varios años y, para ser franco, no es tan sensacional como dicen.

No era lo que Nafai quería oír.

—Meb opina lo contrario.

—Meb no tiene cerebro —dijo Issib—, sólo va hacia donde lo conduce su parte más protuberante. A veces eso significa que sigue a su nariz, pero habitualmente no.

—¿Cómo fue?

—Agradable. Ella era muy tierna, pero yo no la quería —comentó Issib con cierta tristeza—. Era como dejarse hacer algo, en vez de hacer algo juntos.

—¿Eso fue por…?

—¿Porque soy inválido? En parte, quizás, aunque ella me enseñó cómo brindarle placer y dijo que lo hacía asombrosamente bien. Quizá tú lo disfrutes como Meb.

—Espero que no.

—Madre dijo que los mejores hombres no gozan mucho con su instructora, porque los mejores hombres no quieren recibir el placer como una lección, sino gratuitamente, por amor. Pero también dijo que los peores hombres tampoco gozan con su instructora, porque no soportan que otra persona controle la situación.

—Yo ni siquiera quiero una instructora —dijo Nafai.

—Bien, muy inteligente de tu parte. ¿Entonces cómo aprenderás?

—Quiero aprenderlo con mi compañera.

—Eres un idiota romántico.

—Nadie enseña a las aves ni a los lagartos.



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