
—Nafai ab Wetchik mag Rasa, el famoso amante lagarto.
—Una vez vi un par de lagartos haciéndolo durante una hora.
—¿Aprendiste alguna técnica interesante?
—Claro. Pero sólo puedes usarlas si tienes las proporciones de un lagarto.
—¿En serio?
—Lo tienen tan largo como la mitad del cuerpo. Issib rió.
—Imagínate lo que sería comprarse unos pantalones.
—¡O atarse las sandalias!
—Tendrías que enrollártelo en la cintura.
—O colgártelo del hombro.
Continuaron con esta conversación hasta que llegaron al mercado exterior, donde la gente comenzaba a abrir sus puestos, esperando la llegada inminente de los granjeros de la planicie. Padre tenía un par de puestos en el mercado exterior, aunque ningún granjero de la planicie tenía dinero ni refinamiento suficiente para comprar una planta que requería tantos cuidados y no producía frutos aprovechables. Las únicas ventas del mercado exterior eran para tenderos de Basílica, y en ocasiones para extranjeros ricos que visitaban el mercado camino de la ciudad. Estando Padre de viaje, Rashgallivak supervisaría los escaparates, y en efecto allí estaba, preparando una exhibición de plantas polares. Lo saludaron con la mano, pero él se limitó a mirarlos adustamente. Así era Rash. Acudiría si lo necesitaban en una crisis. Pero en ese momento su tarea consistía en preparar las plantas y a eso consagraba toda su atención. No había prisa, sin embargo. Las mejores ventas se producirían por la tarde, cuando los basilicanos buscaban obsequios atractivos para sus compañeros o amantes, o para conquistar el corazón de alguien a quien cortejaban.
Meb comentaba que nadie compraba plantas exóticas para uso personal, pues mantenerlas con vida era una molestia, y que sólo las compraban para regalo porque eran caras. «Constituyen el regalo perfecto porque la planta es bella y atractiva mientras dura el idilio… por lo general una semana.
