Luego la planta muere, a menos que el dueño nos pague para que vayamos a cuidarla. De cualquier modo los sentimientos hacia la planta siempre congenian con los sentimientos hacia el amante que la obsequió. O bien fastidia porque aún está merodeando, o bien disgusta como un recuerdo mustio. Si un amor ha de ser duradero, los amantes deberían comprar un árbol.» Como Meb hablaba así con los clientes, Padre le había prohibido atender los puestos. Sin duda era lo que Meb pretendía.

Nafai comprendía el deseo de eludir esa responsabilidad. La pesada tarea de vender un ramillete de plantas temperamentales no era divertida.

Si termino mis estudios, pensó Nafai, tendré que trabajar todos los días en una de esas tareas infames. Y no me llevará a ninguna parte. Cuando Padre muera, Elemak será el Wetchik, y nunca me permitirá guiar mi caravana, que es la única parte interesante del trabajo. No quiero pasarme la vida en un invernáculo o un cobertizo, injertando, cultivando y multiplicando plantas que morirán en cuanto las vendan. No hay ninguna grandeza en ello.

El mercado exterior terminaba en la primera puerta, que estaba abierta, como de costumbre. Nafai se preguntó si sería posible cerrarla. No importaba. Era siempre la puerta mejor custodiada porque era la más activa. A todo el mundo le revisaban la retina y cotejaban el resultado con el censo de ciudadanos. Issib y Nafai, como hijos de ciudadanos, eran técnicamente ciudadanos, y aunque no se les permitiera tener propiedades dentro de la ciudad podrían votar cuando fueran mayores. Así que los guardias los trataron con respeto.

Entre la puerta exterior y la puerta interior, entre las altas murallas rojas y bajo la custodia de gran cantidad de guardias, la ciudad de Basílica albergaba su negocio más lucrativo: el Mercado de Oro. En realidad el oro no era la mercancía que más se compraba y vendía, aunque los prestamistas abundaban. En el Mercado del Oro se traficaba con cualquier forma de riqueza que resultara portátil y fácil de robar, títulos de propiedad, títulos de depósito, certificados de propiedad de acciones y certificados de deudas incobrables: todo se vendía aquí y cada puesto tenía un ordenador que transmitía las transacciones al registro oficial, el ordenador maestro de la ciudad.



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