
—El bastardo eres tú —espetó la niña, y se marchó.
Los demás habían terminado sus devociones, o quizá las habían interrumpido para escuchar a Luet. Lo cual significaba que el rumor se propagaría por toda la casa a la hora del almuerzo y por toda Basílica antes de la cena, y sin duda Issib se burlaría de él cuando regresaran a casa y Elemak y Mebbekew nunca le permitirían olvidar el asunto. Nafai lamentó que las mujeres de Basílica no encerraran bajo llave a locas como Luet, en vez de tomar en serio las bobadas que decían.
3. FUEGO
Enfiló hacia la sala de la fuente, donde su curso se reuniría durante todo el otoño. Desde la cocina llegaba el aroma de la comida, y con un retortijón Nafai recordó que por culpa de la discusión con Elemak se había olvidado de desayunar. Hasta ese momento no había sentido hambre, pero ahora comprendió que estaba famélico. Incluso sintió un mareo. Debería sentarse. La sala de la fuente estaba a poca distancia; su malestar justificaría su retraso. Nadie se enfadaría. Nadie pensaría que era un tonto remolón si se encontraba mal. No tenían por qué enterarse de que se había mareado de hambre.
