Entró en la sala arrastrando los pies, exagerando su debilidad, apoyándose en la pared. Notó que se volvían hacia él, pero no miró; sospechaba que la gente enferma no miraba a los demás. Esperaba que la maestra del día le dijera algo. ¿Qué pasa, Nafai? ¿No te encuentras bien?

En cambio se hizo un silencio y tuvo que deslizarse por la pared hasta sentarse en el piso de madera.

—Iremos a buscar una comitiva fúnebre, Nafai, por si mueres de repente.

¡Oh, no! No era una maestra, una de esas jóvenes crédulas a quienes les impresionaba que Nafai fuera hijo de Rasa. Era Madre. Nafai enfrentó su mirada. Madre le sonreía con malicia, sin dejarse engañar por su pantomima.

—Te estaba esperando. Issib ya está en mi pórtico. Omitió mencionarme que estabas agonizando.

No quedaba más remedio que tomarlo con buen humor. Nafai suspiró y se puso en pie.

—Madre, tu resistencia a suspender la incredulidad retrasará en varios años mi carrera de actor.

—Mejor así, querido Nafai. Tu carrera de actor retrasaría en siglos el teatro basilicano.

Los demás estudiantes rieron. Nafai sonrió, pero también estudió al grupo para ver quién disfrutaba más. Allá estaba Eiadh, sentada cerca de la fuente. Unas gotas de agua le habían salpicado el cabello y ahora reflejaban la luz como gemas. Ella no se reía. Le sonreía afablemente y le guiñó el ojo. Nafai le sonrió a su vez —como un payaso tonto, sin duda— y casi tropezó con el escalón que conducía a la puerta del corredor trasero. Estallaron más risas, así que Nafai dio media vuelta para hacer una profunda reverencia. Luego se marchó airosamente, tropezando adrede con el dintel para conquistar otra carcajada antes de salir de la sala.

—¿De qué se trata? —le preguntó a Madre, apresurándose para alcanzarla.

—Asuntos de familia —dijo ella.

Atravesaron la puerta que conducía al pórtico de Madre. Como de costumbre, se quedarían en el recinto cubierto.



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