Más allá del biombo, cerca de la balaustrada, el pórtico ofrecía una bella vista del Valle de la Grieta, así que los hombres tenían prohibido el ingreso. Esa prohibición a menudo se ignoraba en las casas particulares. Nafai conocía a varios chicos que hablaban del Valle de la Grieta, asegurando que no era nada especial, sólo un abrupto y escabroso barranco con árboles y matorrales cubierto por una capa brumosa o nubosa que impedía ver el centro, donde presuntamente se hallaba el lago. Pero en casa de Madre se respetaba el decoro y Nafai estaba seguro de que ni siquiera Padre había transpuesto el biombo.

Una vez que los ojos se le acostumbraron al interior, Nafai distinguió quién más estaba en el pórtico. Issib, por supuesto, pero, para su sorpresa, también Padre, que había regresado del viaje. ¿Por qué había ido a la casa de Rasa en la ciudad en vez de ir primero a su granja? Padre se levantó para abrazarlo.

—Elemak está en casa, Padre.

—Eso me ha dicho Issya.

Padre parecía muy serio y distante. Estaba preocupado por algo; nada bueno, sin duda.

—Ahora que Nafai ha llegado —dijo Madre—, quizá podamos analizar de qué se trata.

Sólo al sentarse a la sombra Nafai comprendió que había dos niñas con ellos. Al principio, encandilado por la luz del sol, había pensado que eran sus hermanas Sevet y Kokor, hijas de Rasa. En ese contexto, una reunión de Rasa con sus hijos, la presencia de Padre era sorprendente, pues él sólo era padre de Issib y Nafai, no de las niñas. Pero en vez de Sevet y Kokor, descubrió que eran dos niñas de la escuela: Hushidh, otra sobrina de Madre, de la misma edad que Eiadh, y esa brújula que había encontrado en el porche, Luet. La miró consternado. ¿Cómo había llegado allí tan pronto? Claro que él no se había dado prisa. Madre debía de haber enviado a buscarla aun antes de saber que Nafai ya estaba en la casa.

¿Qué hacían Luet y Hushidh en una conferencia sobre asuntos de familia?



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