
—Mi querido compañero Wetchik tiene algo que contarnos. Esperábamos que pudierais… bien, al menos que Luet o Hushidh pudieran…
—¿Por qué no empiezo ya? —sugirió Padre. Madre sonrió y elevó las manos en un gesto grácil y elegante.
—Esta mañana he visto algo perturbador —comenzó Padre—. Antes del amanecer, en realidad. Regresaba por el Camino del Desierto (ayer fui al desierto para meditar y consultar conmigo y con el Alma Suprema) cuando de pronto sentí el fuerte deseo, la necesidad de abandonar el sendero, aunque es una imprudencia hacerlo en ese momento oscuro entre la puesta de la luna y el amanecer. No fui lejos. Sólo tuve que rodear una gran roca y comprendí por qué me habían guiado a ese lugar. Pues frente a mí estaba Basílica. Pero no la Basílica que hubiera esperado, cuajada de luces de celebración en Villa de las Muñecas o los mercados interiores. Lo que vi fue Basílica ardiendo.
—¿En llamas? —preguntó Issib.
—Una visión, naturalmente. Aunque al principio no lo entendí y eché a andar deprisa hacia la ciudad, para comprobar si estabas bien, querida…
—No esperaría menos de ti —dijo Madre.
—Luego la ciudad se desvaneció tan repentinamente como había aparecido. Sólo quedaba el fuego, elevándose para formar una columna en la roca. Esa columna de fuego permaneció largo tiempo. Irradiaba calor, como si fuera real. Sentí que me quemaba, aunque por supuesto no tengo marcas en la ropa. Y luego la columna de llamas se elevó, despacio al principio, luego cada vez más rápido hasta transformarse en una estrella que surcaba el cielo, y al fin desapareció.
—Estabas cansado, Padre —dijo Issib.
—Muchas veces he estado cansado, pero nunca había visto columnas de fuego. Ni ciudades en llamas. Madre habló de nuevo.
—Tu padre vino a mí, Issya, esperando que yo le ayudara a comprender el significado de todo esto. Si es un mensaje del Alma Suprema o sólo una ensoñación alocada.
