—Ya se interesa por ello. Sólo que aún no te lo ha dicho.

Era verdad; Nafai se había ruborizado al oírlo decir, y se ruborizaba de nuevo al recordarlo. ¿Cómo sabía Dhel, con sólo mirarlo un instante, que pensaba a menudo «en eso»? Naturalmente, Dhel no lo sabía por lo que hubiera visto en Nafai. Lo sabía porque conocía a los hombres. Sólo paso por una etapa, pensó Nafai. Todos los chicos piensan «en eso» a esta edad. Cualquiera puede señalar a un varón imberbe de dos metros de talla y decir, sin temor a equivocarse: «Ese chico está pensando en el sexo.»

Pero yo no soy como los demás, pensó Nafai. Oigo hablar a Mebbekew y sus amigos y me da asco. No me gusta pensar en las mujeres con esa crudeza, evaluándolas como yeguas para ver en qué pueden ser útiles. ¿Será animal de carga o podré montarla? ¿Caminará o podremos galopar? ¿La guardo en el establo o la muestro a mis amigos?

Nafai no pensaba así de las mujeres. Quizá porque aún estaba en la escuela y aún hablaba todos los días con las mujeres acerca de temas intelectuales. No estoy enamorado de Eiadh porque sea la joven más bella de Basílica y quizá del mundo entero. Estoy enamorado de ella porque podemos hablar, por su modo de pensar, por el sonido de su voz, por su modo de ladear la cabeza cuando no está de acuerdo, por su modo de tocarme la mano cuando intenta persuadirme.

Nafai advirtió que el cielo comenzaba a clarear mientras él se quedaba en la cama soñando con Eiadh; pero si tenía algo de seso se levantaría, iría a la ciudad y la vería en persona.

En un santiamén se levantó, se arrodilló junto a la estera, se palmeó los muslos desnudos y ofreció ese dolor al Alma Suprema, luego enrolló el jergón y lo guardó en la caja del rincón. No necesito un jergón, pensó Nafai. Si fuera un hombre de verdad podría dormir en el suelo y no me importaría. Así llegaría a ser duro y flaco como Padre. Como Elemak. Esta noche no usaré el jergón.



4 из 269